Un bosque puede permanecer en pie y, aun así, perder biodiversidad, capacidad de almacenar carbono, regular el agua y proporcionar otros servicios ecosistémicos. Esta característica hace que la degradación forestal sea un fenómeno más difícil de definir y monitorear que la deforestación.
Diferentes formas de comprender y medir este proceso fueron discutidas por especialistas de la FAO, el Banco Mundial, el JRC, el INPE y universidades brasileñas durante el Encuentro Regional sobre Degradación Forestal en la Amazonía, promovido por la OTCA y la Red Amazónica de Autoridades Forestales (RAFO) los días 27 y 28 de agosto, en Brasilia, con más de 60 participantes.
Según la Evaluación de los Recursos Forestales Mundiales de la FAO de 2025, 74 países y territorios cuentan con algún tipo de definición de degradación forestal. Estas varían según el tipo de bosque, los objetivos de manejo y los valores atribuidos a los ecosistemas. Una misma alteración puede ser considerada degradación cuando implica pérdida de biodiversidad, pero no necesariamente cuando el criterio considera únicamente el mantenimiento de la producción de madera. “La gran diversidad de definiciones no refleja solamente diferencias entre tipos de bosque, sino también diferentes percepciones, objetivos y valores asociados a los bosques”, explicó Xavier De Lamo, de la FAO.
Esta diversidad tiene implicaciones prácticas. Los sistemas comparables requieren acuerdos sobre el estado de referencia, los cambios considerados significativos y la escala en la que serán medidos. También existen diferencias respecto de las causas consideradas, aunque, según De Lamo, las discusiones internacionales están avanzando hacia un enfoque basado en los efectos observados sobre el bosque.
Otro debate se refiere a las causas. Algunas definiciones restringen la degradación a los impactos provocados por actividades humanas; otras consideran la pérdida de estructura o de funciones del bosque independientemente del origen de la perturbación. Según De Lamo, las discusiones internacionales apuntan hacia un enfoque basado en los efectos observados sobre el bosque, especialmente porque los factores naturales y antrópicos pueden estar cada vez más interrelacionados.
Los satélites amplían la capacidad de detectar cambios
La evolución de la teledetección representa uno de los principales avances recientes en el monitoreo de la degradación. Las series históricas de Landsat permiten reconstruir décadas de cambios en los bosques, mientras que sensores más recientes, como Sentinel-2, han aumentado significativamente la frecuencia de las observaciones.
El INPE monitorea la degradación en la Amazonía brasileña mediante el Sistema de Detección de Deforestación en Tiempo Real (DETER), un sistema de alertas en tiempo casi real orientado a apoyar las acciones de fiscalización y control de la deforestación, la degradación y la explotación forestal. Para fines de monitoreo, el INPE entiende la degradación como una alteración significativa de la estructura o de las condiciones del bosque causada por perturbaciones que no necesariamente resultan en su conversión completa en un área no forestal.
En la práctica, esta definición se traduce en elementos que pueden identificarse en las imágenes satelitales. El DETER considera diferentes manifestaciones de la degradación, como la degradación química o estacional, cicatrices de incendios forestales, tala selectiva y blowdowns, asociados a la caída de árboles provocada por fuertes vientos. Según Alessandra Gomes, del INPE, una característica importante de la degradación es su carácter potencialmente temporal, ya que el bosque puede seguir trayectorias distintas, recuperándose después de la perturbación o sufriendo nuevas alteraciones hasta llegar a la tala rasa.
René Beuchle, del JRC, presentó otro enfoque operativo, utilizado por el Tropical Moist Forest (TMF), desarrollado por el JRC de la Comisión Europea. A partir de series históricas de imágenes Landsat, el sistema monitorea los bosques tropicales desde 1990 y utiliza la duración de las perturbaciones para diferenciarlas. En el TMF, las alteraciones con una duración inferior a 900 días se clasifican como “bosque degradado”. “Lo que llamamos bosque degradado significa, en la práctica, que el período de perturbación fue corto”, destacó Beuchle.
Los ejemplos muestran cómo los conceptos de degradación necesitan traducirse en criterios observables, pero también evidencian los límites de la teledetección. Los satélites detectan cambios en la cobertura y la estructura de la vegetación, pero no necesariamente alteraciones en la biodiversidad y en otras dimensiones de la integridad forestal. Para De Lamo, por ello, la teledetección, los datos de campo y la validación deben funcionar de manera complementaria.
De la diversidad de indicadores a un enfoque regional común
Mariana Conte, del Banco Mundial, propuso ampliar la mirada más allá de la estructura física de la vegetación. En la revisión presentada durante el encuentro, la degradación fue abordada como una pérdida de integridad forestal, concepto organizado en tres dimensiones: estructura, funciones y composición. La primera considera características como la cobertura y la complejidad del dosel. La segunda incorpora funciones y servicios ecosistémicos, como el almacenamiento de carbono y la regulación del agua. La tercera incluye la composición del bosque y la diversidad de especies.
La revisión identificó diez indicadores estructurales, 24 funcionales y cinco relacionados con la composición. A pesar de esta variedad, existe un fuerte desequilibrio en la capacidad actual de monitoreo. Los indicadores estructurales son los más utilizados, mientras que los aspectos funcionales se miden parcialmente y la dimensión de la biodiversidad sigue siendo una de las principales brechas.
“Adoptar un enfoque de integridad forestal puede ser una buena manera de ordenar los indicadores. Pero es necesario cerrar la brecha entre las grandes posibilidades tecnológicas y la práctica”, afirmó Conte.
Esta diversidad no exige necesariamente una única metodología regional. Alessandra Gomes señaló como posible camino mantener los sistemas nacionales, siempre que se basen en datos validados y metodologías reconocidas, y construir una leyenda común que permita integrar los resultados a escala amazónica. Según Gomes, este enfoque permitiría producir mapas regionales sin sustituir ni comprometer los sistemas de monitoreo ya adoptados por los países.
La Amazonía avanza en la construcción de una visión regional
En la Amazonía, parte de este desafío ya comienza a abordarse mediante la integración de información producida por los ocho Países Miembros de la OTCA.
Joberto de Freitas, de la Universidad de Brasilia (UnB) y de la Universidad Federal de Amazonas (UFAM), presentó resultados en elaboración para el Segundo Informe Regional Sobre los Bosques de la Amazonía, que combina información nacional y variables construidas regionalmente, entre ellas las perturbaciones forestales temporales, desarrolladas con la metodología de la FAO para la Evaluación, de los Recursos Forestales.
Entre 2000 y 2024, el análisis identificó 37,7 millones de hectáreas de bosques que permanecían conservados en 2024, pero que habían sufrido algún tipo de perturbación temporal. Otros 8,6 millones de hectáreas inicialmente afectadas evolucionaron posteriormente hacia la deforestación.
Los resultados revelan procesos que la división entre “bosque” y “no bosque” no consigue mostrar. “La definición siempre es un cuello de botella”, reconoció Freitas. Para él, la información regionalizada permite “mirar la Amazonía sin las fronteras internas” y crear un espacio común de análisis.
Como encaminamiento del encuentro para fortalecer el monitoreo y enfrentar la degradación forestal en los ocho países amazónicos, Gian Pezo, representante de Perú en la presidencia pro tempore de la RAFO, propuso la formación de un grupo técnico para construir un glosario regional, desarrollar protocolos comparables, implementar proyectos piloto transfronterizos y ampliar la interoperabilidad de los datos. “La Amazonía no necesita una metodología impuesta, sino un lenguaje compartido, parámetros transparentes y protocolos comparables que integren teledetección, datos de campo y conocimiento territorial”, sintetizó Pezo.
Foto: Incendio en Paragominas (Brasil), en 2017, por Clément Bourgoin (CIRAD/JRC).



