La evolución de El Niño en 2026 surge como uno de los principales factores de riesgo climático para la Amazonía y América Latina. Evaluaciones recientes indican un escenario de transición, con señales de posible formación de un nuevo evento durante el segundo semestre, aunque todavía rodeado de incertidumbres. 

Entre las principales consecuencias para la región se encuentran sequías severas, reducción de los niveles de los ríos, aumento de la propagación de incendios y mayor vulnerabilidad de las poblaciones ribereñas. El registro más reciente ocurrió en 2024, cuando El Niño, combinado con el calentamiento del Atlántico Tropical, contribuyó a una de las sequías más intensas ya observadas en la Amazonía. 

Los análisis sobre las probabilidades de consolidación de un nuevo evento de El Niño este año se basan en comunicados oficiales de organismos que monitorean el Océano Pacífico y la atmósfera, como la Comisión Multisectorial encargada del Estudio Nacional del Fenómeno “El Niño” (ENFEN), de Perú; el Centro Internacional para la Investigación del Fenómeno de El Niño (CIIFEN), de Ecuador; la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA), de Estados Unidos; y la Organización Meteorológica Mundial (OMM), de la ONU. Todas son instituciones científicas con enfoques específicos sobre el fenómeno El Niño. 

Según el último boletín del organismo estadounidense, existe un 61 % de probabilidad de formación de El Niño entre mayo y julio de 2026, con tendencia a persistir al menos hasta finales de año. Por su parte, el CIIFEN, en su boletín de abril, indica que la probabilidad de un evento de mayor intensidad durante el próximo semestre es relativamente baja, alrededor del 20 %, lo que sugiere un escenario predominantemente débil a moderado. 

En paralelo, la ENFEN mantuvo en su boletín de abril la alerta de “El Niño costero”, un calentamiento más localizado de las aguas cercanas al litoral de Perú y Ecuador, generalmente asociado a lluvias intensas en la franja costera. Se espera que el fenómeno alcance intensidad moderada entre junio y julio de este año y continúe hasta enero de 2027 con baja intensidad. 

De acuerdo con la especialista en cambio climático del Observatorio Regional Amazónico (ORA/OTCA), Isabelle Vilela, el escenario actual exige cautela en la interpretación de los pronósticos. 

“Actualmente existe un escenario favorable para el desarrollo de El Niño a partir del segundo semestre de 2026, pero el pronóstico aún no está plenamente consolidado en relación con su intensidad y sus impactos regionales. En este contexto, el monitoreo continuo de las condiciones oceánicas y atmosféricas será esencial para refinar los escenarios y reducir las incertidumbres en las próximas actualizaciones”, analiza Vilela. 

Parte de esta incertidumbre se debe a que las anomalías de temperatura en el Pacífico ecuatorial deben persistir durante al menos tres meses consecutivos para que el fenómeno El Niño sea confirmado. Además, sus efectos sobre el clima suelen manifestarse con algunos meses de retraso. 

La especialista añade que el comportamiento del fenómeno no es homogéneo a lo largo del Pacífico, con diferencias relevantes entre el Pacífico central y el oriental, donde ya existe influencia directa de El Niño costero. 

¿Riesgo de una nueva sequía extrema? 

En la región amazónica, la posible evolución de El Niño puede provocar alteraciones significativas en el régimen de lluvias, con efectos directos sobre los sistemas hidrológicos, los ecosistemas y las poblaciones locales. 

Otro efecto crítico asociado a El Niño es el aumento del riesgo de incendios forestales, especialmente en un contexto de temperaturas más elevadas y menor humedad. “El Niño actúa como un factor de amplificación, creando condiciones ambientales altamente favorables para que quemas iniciadas localmente se vuelvan más intensas, extensas y difíciles de controlar”, señala Vilela. 

Los impactos económicos derivados de El Niño tienden a ser amplios e interconectados. La reducción de los niveles de los ríos puede comprometer la navegabilidad y afectar el transporte de alimentos, combustibles e insumos. Sectores como la agricultura, la pesca y la energía también pueden sufrir pérdidas significativas. 

Las poblaciones ribereñas e indígenas se encuentran entre las más vulnerables, con riesgos relacionados con el acceso al agua, la seguridad alimentaria y el aislamiento geográfico. 

“La reducción de los niveles de los ríos compromete el acceso al agua potable, dificulta el desplazamiento y el transporte de bienes esenciales, y puede llevar al aislamiento de comunidades, afectando servicios básicos como salud y educación”, afirma la especialista. 

Sin embargo, en el caso de la Amazonía, impactos como sequías severas, reducción de los niveles de los ríos y aumento del riesgo de incendios no dependen únicamente de la intensidad de El Niño en el Pacífico. 

“Los impactos no dependen de un solo factor. El calentamiento anómalo del Atlántico tropical puede modificar el régimen de lluvias y agravar la sequía en la Amazonía, mientras que el estado del suelo y de la vegetación puede intensificar o mitigar estos efectos”, explica Vilela. 

La especialista añade que, aunque no es posible afirmar que los eventos extremos recientes se repetirán, la combinación entre variabilidad climática y calentamiento global mantiene elevado el riesgo de impactos importantes en la Amazonía, especialmente si El Niño ocurre junto con un calentamiento anormal del Atlántico tropical, como sucedió en 2023-2024. 

Cooperación regional 

Los países miembros de la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA) reconocen a El Niño como uno de los principales factores de riesgo climático para la región amazónica. En resoluciones recientes, los gobiernos destacan la necesidad de fortalecer la cooperación regional para enfrentar eventos extremos mediante el intercambio de datos, el fortalecimiento de sistemas de monitoreo y alerta temprana y la implementación de una estrategia conjunta de gestión de riesgos. 

Las decisiones también enfatizan la importancia de ampliar la capacidad de respuesta ante emergencias y reducir la vulnerabilidad de las poblaciones frente a sequías, inundaciones e incendios forestales cada vez más intensos. 

En este contexto, el Observatorio Regional Amazónico (ORA/OTCA) desempeña un papel estratégico en la integración de datos y el apoyo a la toma de decisiones. 

“Fenómenos como El Niño no respetan fronteras. La articulación de políticas nacionales y la acción colectiva entre los países amazónicos son esenciales para anticipar riesgos, compartir datos y fortalecer la capacidad de respuesta de los países amazónicos frente a eventos extremos”, afirma el coordinador del Observatorio Regional Amazónico (ORA/OTCA), Arnaldo Carneiro. 

Nota: La imagen que acompaña este artículo fue editada mediante inteligencia artificial (IA).